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De Miguel Ángel Tenorio
¬ Miguel Ángel Tenorio, dramaturgo y contador de historias ~ Hoy presentamos: “CUATRO HISTORIAS PARA EL AÑO NUEVO” ~
1.- “UN FIN DE AÑO FELIZ” Él respira profundo, acostado en su cama, la espera. Y mientras llega, mira por la ventana hacia afuera: el circuito interior, los coches pasando a la altura de la ventana. Ella entrando al departamento. Se quita el abrigo: queda de tacón alto. Él escucha la llegada de la mujer que espera. La temperatura se le sube. Resopla. Ella avanza hacia el cuarto. Le parece sentir su respiración. La anticipación la excita. Él, desnudo, bajo las sábanas, tiembla anticipando. Ella abre la puerta del cuarto. Descubre unos ojos fijos, dulces, una sonrisa. Él la mira, el deseo es mayúsculo. Los ojos le brillan, la sonrisa se le ilumina. Ella se acerca voluptuosa hacia la cama, gozando con cada paso que da. A él le late el corazón muy aprisa al sentirla cada vez más cerca. De pronto, la sábana es removida y él empieza a sentir los besos en los tobillos. Ella besa con gula rodillas y piernas. Él siente delicioso y su voz se transforma en gemidos. Ella se sube. Él la recibe. Ella se deja ir en el viaje. Él va poco a poco. Ella llega y vuelve a llegar. Él suda. Ella vuelve a llegar. Él da un grito ahogado. Ella otra vez. Él, por fin. Él está feliz. Ella está contenta. Él, con sus 65 años, agradece a la mujer de 30 que ha venido a darle un poco de gusto este día de fin de año. Ella, con sus 55 años, agradece al muchacho de 25 que vino con ella. Y tras el placer, él y ella regresan a la casa común, reciben la llamada telefónica de los hijos, de los nietos, y los dos, a las doce, se abrazan, se meten a la cama, ven la tele juntos y se duermen sintiendo paz en su cuerpo y en su alma, al tiempo que se dicen: ¡Feliz año nuevo!
2.-“AÑO NUEVO,VIDA NUEVA” La luz del sol entra por la ventana del cuarto. La cortina raída deja filtra r los rayos. Uno de esos rayos cae directo sobre la mejilla derecha de él. El calor lo va despertado. Los ojos le pesan. Mueve Se levanta. Busca su ropa alrededor. No la encuentra. El cuarto es diminuto. Ahí mismo está el baño, un sillón y una parrilla eléctrica. Una hielera. Finalmente descubre su ropa sobre la hielera. Toda arrugada, hecha bolas. Lentamente se la pone. Va hacia el lavabo y se echa agua en la cara. Se mira al espejo: se descubre las ojeras, los ojos tristes. Se mira fijamente: desde que me separé de mi esposa, nada más estoy viviendo para estas aventuras que no me están llevando a ningún lugar. Recuerda: ella y él haciendo el amor. No, no el amor. Haciendo el sexo la noche de anoche. Recuerda más: el primero, ay, sí, qué rico. El segundo: Sí, bien, pero… El Se pone el pantalón, se pone los zapatos, se pone la camisa, se pone el saco raído. - ¿Ya te vas? – le pregunta ella, que lo ha estado observando vestirse. - Sí – dice él. - ¿Por qué? – pregunta ella. - Porque ya es año nuevo. - ¿Y eso qué? - Pues porque año nuevo, vida nueva – dice él. - ¿Y cómo va a ser tu vida nueva? - Quiero cumplir un sueño. - ¿Qué sueño? - Uno que acabo de soñar. - Cuéntamelo. - No. - ¿Por qué? - Qué tal que se ceba. - No creo. - Pero mejor, si lo cumplo, te prometo que te lo vengo a contar. Él sonríe y saca de su cartera un billete de a cien que deja sobre el buró, junto a la lámpara. - No – dice ella. No me des dinero. Contigo lo hice por gusto. Por celebrar el año. - Pero tú te dedicas a eso. - Si un plomero te regala el arreglo de tu baño, lo recibes, ¿no? - Pues sí. - Recíbeme a mí lo que yo te puedo regalar. No sé hacer otra cosa. Me caíste bien. Me hiciste pasar un fin de año distinto. Y además, yo Él guarda su billete, le da un beso en la mejilla y le dice: Gracias por todo y feliz año. - ¡Feliz año! – le dice ella, quien se incorpora para abrazarlo y darle un beso profundo en la boca. - Que te vaya bien – le dice. - Que nos vaya bien – dice él, quien luego sale por la puerta, baja las escaleras desvencijadas y sale a la calle a encontrarse con el aire - Que nos vaya bien – se repite él con insistencia mientras se aleja caminando, perdiéndose entre los prados de La Alameda que con su basura evidencian lo que fue la noche de anoche. Ella, que lo miraba alejarse desde su ventana, ahora se mete a la cama, se cubre con la colcha y piensa: Que nos vaya bien – y entonces se corta las venas, se cubre con la almohada la cara, se cubre el cuerpo con la colcha y cierra los ojos para dejar que el tiempo y la sangre hagan su labor, mientras repite en silencio: que nos vaya bien, que nos vaya bien, que nos vaya bien…
3.-¿TE GUSTAN LAS - A ti te gustan las gorditas, ¿verdad? – dice ella, al tiempo que él levanta la cortina metálica para permitir que los dos salgan a la calle. Cuatro horas atrás: - A ti te gustan las gorditas, ¿verdad? – dice ella. - Sí – responde De pronto, las dos miradas se encuentran. El silencio se vuelve cómplice y los envuelve. Al fondo suenan las voces de la televisión y en segundo plano, el aceite que se fríe en el comal. Ella se sabe gordita. Él la mira y la descubre … llenita. Un minuto atrás: Él llega y la saluda. - ¡Hola!, ¿cómo estás? - Bien, ¿y tú? - Pues bien, bien, ahí pasándola. ¿Y tú? - Pues yo también. ¿Qué vas a llevar? - Tengo visitas - ¿Cuántas? - Dame 7 de picadillo, de hongos, de queso y papa. - ¿Nada más? - No, eso es para las visitas, falto yo. - ¿Tú, qué quieres? Tengo pambazos, tacos, flautas. - No, no – dice Y entonces ella dice: - A ti te gustan las gorditas, ¿verdad? Unos días atrás, en el banco: él llega rapidísimo, porque se le hace tarde. Ella sale despreocupada luego de haber depositado. Los dos chocan a la entrada, él casi la atropella. La cara de ella parece estrellarse en el pecho de él y el abdomen de él en el pecho de ella. Quedan a milímetros de darse un abrazo involuntario. Ella, por instinto, está a - ¡Feliz año! – se dicen los dos, encontrando el pretexto perfecto para hacer todavía más cálido el abrazo, no importando que otros clientes apresurados entren y salgan del banco y casi los empujen. - Hace mucho que no vas – dice ella. - No –dice él – - Entonces te está yendo bien. - Ahí, más o menos. - Bueno, pues Meses atrás, en la noche: Él se baja de la pesera para caminar la cuadra que le falta para llegar a su casa. Se cruza con ella, que viene caminando para abrir su changarro en la Avenida Clavelinas, en la Nueva Santa María. - ¡Hola! Buenas noches – le dice ella. - ¡Hola! Buenas Unos días después: - Quiero una quesadilla, un pambazo y dos gorditas para llevar – pide él, que de pronto descubre junto al gran sartén donde ella fríe, un par de libros: El Príncipe de Nicolás Maquiavelo, que bueno, ése se podría decir que - ¿Son tuyos? - Sí. - ¿Y que te dio por leerlos? - Para no - Lo que pasa es que yo estudié Ciencias Políticas. Me casé, me divorcié, no encontraba trabajo, porque mi ex me bloqueó por todos lados. Estaba desesperada, se me ocurrió hacer comidas y un día junté dinero y otro que me prestaron y abrí este changarro. Mi idea era poner a alguien que lo trabajara, pero como dicen por ahí “el que tiene tienda, que la atienda” y aquí estoy. Él se conmueve con la historia y siente el impulso de darle un beso, pero se reprime. Por eso el día del banco: ¡ah, qué rico el abrazo! Por eso hoy, cuando ella le dice: - A ti te gustan las gorditas, ¿verdad? Él responde: - Sí. Por eso hoy, cuando por fin se van las visitas, en lugar de dormir, él se regresa para alcanzarla a ella en su changarro. Ella lo ve venir y se alegra. Son las doce de la noche, la hora de cerrar. Pero esta vez, cerrar por dentro, aunque ya dentro, se abran blusa y camisa y echen fuera vestido, delantal y pantalón, haciendo a un lado todo lo demás que obstruya el camino para el contacto más estrecho que a los dos les urge desde hace mucho. La mesa metálica, regalo de la Cerveza Corona, se vuelve el lugar perfecto para el regalo que el uno al otro se dan a despecho de las noticias que pasa el canal 11 en la televisión que sigue prendida, tanto como ella que se prende con el gozo de tenerlo a él que se goza con esas formas llenitas de ella. - Entonces sí te gustan las gorditas, ¿verdad? – dice ella cuando los dos terminan de cerrar la cortina. - Pues sí – dice él, que la abraza y la acompaña, ésta y las noches subsecuentes, a su casa que está por el Eje 3 Norte, San Isidro.
4.- “MI CARTA A LOS SANTOS REYES”. Lunes por la noche en el parque de la colonia Nueva Santa María. En una de las bancas, él y ella. Ella que vive en la colonia Clavería, él que vive en la colonia Electricistas, pero que se ven en el Parque de la Nueva Santa María, territorio neutral. Comieron en las Costillas, fueron a las nieves, luego al carro a besarse. Él ya iba a enfilar hacia la Calzada Camarones para entrar al hotel del mismo nombre, - No, espérate. - ¿Por qué? - Antes de ir, quiero platicar. - ¿De qué? - Tú ya sabes. - ¿Qué sé? - Lo que quiero es saber cuándo ya te vas a divorciar. - Ya, en este año – dice él. - ¿Pero cuándo? - En este año. - Fechas. - ¿Por qué me presionas tanto? - Porque ya llevamos cinco años así. Tú dijiste que ahora sí, ésta era la oportunidad. Y mira. ¿Qué te pasa? ¿Te sientes culpable con tu mujer? - No. - ¿De veras no? - De veras. - ¿Entonces? - Vamos a caminar al parque – pide él, tratando de encontrar una especie de tregua. Los dos bajan del carro y el frío de enero se vuelve frío en sus corazones también. Ella se cruza de brazos y así camina. Él trata de acomodarse, de sentirse natural, pero falla. Por eso mejor propone: - Vamos a sentarnos en esta banca, ¿no? Ella no contesta, pero se sienta y lo mira como esperando que él le diga lo que le tiene que decir. - ¿Sabes? La verdad es que sí me siento culpable. Detiene la frase a la mitad esperando reacción, pero ella no dice nada ni hace un leve gesto siquiera. Él se ve obligado a proseguir y dice: - Sí me siento culpable, pero es por los niños. - ¿Y entonces? ¿Vas a tomar la decisión o no? - Ya te dije que sí. - ¿Pero cuándo? - Te prometo que el próximo día de reyes, el del año que viene, ya lo vamos a estar pasando juntos tú y yo. - Está bien – dice ella, que es quien ahora propone que ya vayan al hotel. Él suspira aliviado, porque finalmente eso es lo que quiere. Pero una vez en el acto, algo pasa que ya nada está donde debería estar. Ella ya no siente, todo el gozo se le esfuma. Cuando él la deja de regreso en el parque, ella sube a su carro y piensa: - En mi carta a los Santos Reyes quiero pedir que otro hombre se atraviese en mi camino, pero que esta vez me toque uno que sí sepa cumplir lo que promete. Los dos se agitan la mano en señal de despedida. Los dos carros arrancan, sabiendo ambos que ya no partirán juntos nunca más una rosca de reyes. Año nuevo, vida nueva.
— Nota: “Un fin de año feliz” y “Año nuevo, vida nueva” están publicadas en Instantáneas de la Ciudad, antología, Ediciones El Ermitaño, Solar Editores, México D.F., 2002. • “¿Te gustan las gorditas” y “Mi carta a los Santos Reyes” están publicadas en Instantáneas, Habitación 69, México D.F., 2008.
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